PARAISO MUSICAL
I
La sala estaba flanqueada por enormes ventanales que daban a un inmenso jardín lleno de flores y árboles frutales, que rodeaban el estanque de aguas cristalinas en el que nadaban, tranquilamente ,dos hermosos cisnes de estilizado cuello color negro. Los ventanales, a su vez eran enmarcados por unas majestuosas cortinas de terciopelo granate, corridas a ambos lados las cristaleras, para dejar pasar los rayos de sol al interior de la estancia. El mobiliario no era demasiado abundante, solo unas cuentas sillas lacadas en tonos dorados y tapizadas con el mismo tipo de terciopelo que las cortinas, se hallaban colocadas en semicircunferencia alrededor del majestuoso piano de cola, color de ébano, que presidía el centro la estancia .Las paredes sobrias, sólo acogían algunos cuadros al óleo de pintores ilustres de la época. En el centro del techo una enorme lámpara de araña, que se ayudaba en la iluminación de la sala por los dos candelabros de cuatro brazos situados sobre el piano. Ante el instrumento una larga banqueta, también de terciopelo granate.
En la calma, el silencio sólo era roto por el alegre trinar de los pájaros que revoloteaban en las ramas de los árboles del jardín, era una apacible mañana de primavera de 1769.
Una especie de torbellino con las manos repletas de papeles garabateados entró en la sala, esparció los papeles por encima del piano y rebuscó nervioso entre ellos, como si su vida dependiera de lo que aquellas cuartillas albergaban, salió de la sala como alma que lleva el diablo para aparecer de nuevo en la misma, más furioso todavía y con otro montón de cuartillas en sus manos, no dejaba de resoplar y mecerse sus cabellos nerviosamente.
Se asomó a uno de los ventanales y respiró hondo, como si le faltara el aire, se quedó allí unos minutos embriagándose ante la belleza que el jardín le mostraba. Sonrió, su cara denotaba felicidad y tenía aquella mirada de quien acaba de encontrar el más preciado de los tesoros. Se sentó ante el piano, levantó la tapa que cubría sus teclas con sumo cuidado, pasó su mano sobre ellas acariciándolas con la misma ternura que una madre acaricia a su bebé. Movió sus dedos en un ejercicio de precalentamiento antes de empezar a usarlos con las teclas del piano y arranco de estas las más bellas notas que nadie había escuchado hasta ese momento.
La música que envolvía la estancia, era suave, delicada, con unos matices desconocidos hasta el momento. Los pájaros dejaron sus juegos y se posaron en las ramas para poder oír tan bella melodía, en el resto de la casa se paró toda actividad que pudiera hacer ruido y no dejase al personal de la misma, deleitarse con aquella hermosura hecha sonido.
De repente, un sonido atronador dejó a todos atónitos, no podía ser que aquel estruendo saliera del mismo piano que segundos antes les embelesaba con las notas más dulces. El joven compositor volvía a mecerse nervioso, histérico, sus cabellos, volvía a resoplar con fuerza. Sus dedos ya no acariciaban las teclas y su mirada enfurecida parecía que iba a quemarlas, posó sus manos de nuevo en ellas y les arrancó los últimos acordes que habían reproducido, parecía que todo volvía a la normalidad, pero nada más lejos de la realidad, pues en el instante preciso de la melodía en que se había producido el ruido ensordecedor, éste se repitió con más virulencia que la vez anterior .
El muchacho se levantó con furia, tirando la banqueta que le servía de asiento al suelo, tomó todas sus cuartillas, donde mientras tocaba iba haciendo nuevos apuntes, y las arrugó al tiempo que dirigiéndose hacia la ventana las tiraba por ella, dejándolas a merced de la suave brisa que soplaba aquel día. Cerró con furia la tapa del piano y maldijo el día mientras salía corriendo de la estancia. Nadie le dijo nada, sabían que tenía que desahogar su frustración él solo, de la manera que creyese más conveniente. Alguien salió al jardín a recoger las cuartillas, pues seguramente más tarde se arrepentiría de su acción y querría recuperarlas, las alisó tanto como pudo y las dejó sobre el piano de nuevo, no sin mirarlas con cierto asombro ya que no acababa de entender cómo el joven se había molestado tanto con unos papeles en blanco, ellos sólo aparecía un pentagrama vacío de notas.
II
Estaba aturdida, no sabía muy bien qué había pasado, sólo que un brutal golpe en la tecla que activaba su cuerda la había hecho salir despedida del interior del piano, jamás le había pasado nada por el estilo ni tan sólo había oído contar nada que se le pareciese a las notas que junto a ella vivían en el piano del salón, aunque si se paraba a pensar hacía días que no las veía, era como si estuvieran permanentemente dormidas, tal vez escondidas.
Abrió sus grandes ojos y escudriñó a su alrededor, no conocía aquel lugar, nunca antes había estado en él, pero había algo en el ambiente que le resultaba sumamente familiar. Intentó incorporarse y notó como si estuviera subida sobre un mullido colchón de plumas que se movía al compás de sus pies. El aire olía a limpio, era claro diáfano y el cielo del azul más cálido que nunca había visto. Cuando intento avanzar fue cuando reparó que estaba encima de una esponjosa nube blanca, que todo el lugar estaba salpicado por nubes como esa y que encima de ellas habían seres que le eran de lo más familiar. Se frotó los ojos para cerciorarse de que no estaba soñando, de que aquello era real. A su derecha observó un cilindro plateado al cual se subía por una escalera de minúsculas nubes, no lo dudó, tenía que saber dónde se encontraba, tenía que averiguar si realmente lo que veía en las otras nubes era notas como ella. Subió despacio, mirando con suma atención todo aquello que la rodeaba, no quería perderse ni un detalle, en la cima del cilindro la vista era espectacular, las nubes estaban llenas de notas de todos los tonos y estilos, do, fa, si, mi, blancas negras corcheas, semifusas. todas estaban allí. Pero no estaban solas, habían también claves de Sol de Fa. incluso algunos instrumentos que le eran familiares, violines, violoncelos, flautas. era como un paraíso musical.
Seguía sin entender muy bien por qué había llegado hasta ese sitio, por qué sus compañeras también estaban en ese lugar. Y los instrumentos, las claves, incluso algún pentagrama que había divisado a lo lejos, ¿qué hacían todos allí?
Se le acercó un Sol y le dio una calurosa bienvenida
- pequeña, pensábamos que nunca iba a liberarte, eras la única de nosotras que seguía aguantando su mal humor
- pero cómo? Eres mi hermano Sol, el mismo que tenía su cuerda al lado de la mía en el piano del salón, ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar? ¿Qué hacemos aquí? ¿Quién más está?- pregunto excitada
- jajajajaja, con calma cariño, con calma. Aquí estamos todas las notas que han sido expulsadas de sus instrumentos por los malos modos de los compositores que con ellos intentaban crear sus obras. Todas ellas han salido despedidas después de que alguien aporreara su tecla o estirara su cuerda con una brutalidad exagerada. Este es el país de la música, aquí nadie nos aporreará pues sólo tienen acceso a él notas, claves musicales, pentagramas e instrumentos. Nadie más sabe de su existencia y aquí permaneceremos mientras queramos. ¿Responde eso a todas tus preguntas?
- Si, pero.. Si nosotras estamos aquí nadie podrá componer bellas melodías, nadie podrá interpretar las que están ya creadas, el mundo será un lugar en silencio, nadie podrá expresar sus sentimientos a través de nosotras.. - protestó enérgicamente
- Hmmm, creo que es el momento de enseñarte el lugar. Dejemos esas divagaciones para más tarde, pero si te diré una cosa, pequeña, si nos hubiesen tratado con cariño y respeto aun estaríamos en poder de los grandes compositores.
La pequeña nota no quedó muy convencida de lo que le habían contado, seguía pensando que eran necesarias en el mundo de los humanos, pero la curiosidad por conocer aquel lugar podía más que sus propios pensamientos, así que decidió seguir a su hermano Sol. Este la llevo por todo el país, presentándole al resto de notas musicales, todas formaban una gran familia, se divertían saltando de nube en nube, subiendo por los cilindros de plata y deslizándose por los arco iris que había al otro lado de los mismos y que ellas usaban como coloridos toboganes. Cada nota por un color mientras los violines hacían sonar las más alegres melodías que habían aprendido.
III
Pero la pequeña La no andaba desencamina del todo, en el mundo de los humanos las echaban en falta. El joven compositor era incapaz de acabar aquel importantísimo encargo si no encontraba sus notas perdidas. Iba de un lado al otro de la estancia, con las manos cruzadas en al espalda y los ojos fijos en el suelo, como si esperara que de él salieran aquellas notas que no era capaz de encontrar. Se acercó al piano, miró por enésima vez aquellos arrugados papeles que días antes alguien del servicio había recuperado del jardín y había depositado allí esperando que él los necesitara, pero estaban en blanco!! sólo las líneas del pentagrama permanecían en ellos, no lo podía entender, era consciente de las cientos de veces que los había garabateado, cambiando una nota por otra, probando distintas formas y maneras para que sonara como él quería, como aquella música que vivía en su cabeza , recordaba como sentado en su piano había intentado encontrar aquella nota que se le resistía, como lo había aporreado sin piedad esperando el milagro de que así pareciese por si sola y poder seguir con su composición. Nada más lejos de la realidad. Desde aquel día el silencio era total, no había sido capaz de arrancar una sola nota del piano, un solo sonido. Pero lo más inexplicable era que ni el trinar de los pájaros del jardín se podía escuchar, como si hubiesen enmudecido al mismo tiempo que el instrumento.
Al final de cada arco iris había un pequeño lago que reflejaba lo que en el mundo de los humanos pasaba. Casi ninguna nota miraba en ellos, allí eran felices y no querían saber nada más de genios frustrados y enfadados, no querían volver a ser las víctimas de su falta de creatividad. Pero la pequeña La seguía pensando en el jovencísimo Amadeus, que sin ellas no podría acabar su encargo, no podría sentarse ante el piano de la sala de música e interpretar aquellas sonatas que dejaban sin habla a todo el mundo, aquellas melodías que traspasaban los amplios ventanales y se dejaban oír al otro lado del jardín. No podía dejar de pensar en aquella jovencita, de cabello como el oro, que sentada al borde el estanque cerraba los ojos y dejaba volar su imaginación al compás de la música.
Miro el pequeño lago, en las aguas cristalinas vio al joven derrotado ante su piano, se había sentado en la banqueta y había reposado su cabeza en el brazo que tenía sobra la tapa del piano, parecía dormir.
La pequeña nota se acerco tanto como pudo a las aguas del lago y susurro
- si tú quisieras volveríamos a ti, solo tienes que intentarlo con todas tus fuerzas, solo tienes que ser más amable con tu pobre piano.
en ese mismo instante vio como el majestuoso piano color ébano esbozaba una amplia sonrisa, él también las echaba de menos, también hubiese querido huir al país de la música, pero era demasiado voluminoso.
La pequeña nota contó lo sucedido al resto de compañeras. Al principio estas no querían ni oír hablar de volver, no entendían el cariño que ella sentía por Amadeus y mucho menos que quisiera abandonar tan bello lugar.
- no, no tenemos porque dejar de vivir aquí, este será muestro refugio secreto, el lugar donde podremos acudir siempre que queramos, pero ¿Por qué privar al mundo de nuestros dulces sonidos? - corrigió la nota
- Tal vez tenga razón - puntualizo un señorial Do - pero que sea él quien nos haga regresar
La pequeña La corrió de nuevo al lago y al mirar en él vio reflejada en sus aguas una imagen muy distinta. El joven compositor tenía una amplia sonrisa en su rostro y parecía escribir con sumo cuidado en los papeles que aun conservaban los pentagramas. La tapa del piano estaba alzada y este sonreía feliz.
IV
No tenia muy claro si había sido un sueño, o si tal vez una visión fruto del cansancio acumulado, pero el caso es que había decidido hacer caso a aquella cálida voz que le decía que sólo él podía recuperar las notas perdidas y había entendido que aquellos arranques de genio no le llevaban a ningún lugar, solo hacer más patente su soledad. Había reescrito parte de su melodía y se disponía a interpretarla, no sin miedo a ver cómo su piano seguía mudo como días atrás, acarició con dulzura sus teclas y posó sus dedos en ellas, poco a poco la estancia iba llenándose con los suaves sonidos de las notas del pentagrama. La más bella de las melodías volvía a resonar por todas las estancias, la joven de cabellos como el oro, cerró de nuevo los ojos y se dejo llevar.
El país de la música vio como poco a poco las notas bajaban hasta el piano de la sala de amplios ventanales para reproducir tan hermosos acordes, vio como el mundo recuperaba la alegría de la música y como el joven artista era capaz de acabar su composición sin necesidad de aporrear de nuevo a su piano. Las notas siguieron viviendo en tan hermosos lugar, solo que de vez en cuando iban al mundo de los humanos para alegrarles las horas con sus bellos tonos
© - Núria Martínez -
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