Los primeros fríos del invierno, que se avanza a su época, ya están aquí, desde la ventana veo las cumbres de las montañas, blancas, llenas de un manto de nieve que no deja de parecerme hermoso. Fuera el viento helado corta la piel de cara y manos, no perdona y la fina lluvia lo empapa todo, sin clemencia. Necesito mojarme, empaparme de esta agua helada y sentir el azote del viento en mi cara, refrescarme, sentirme viva. No cojo paraguas, no me gusta, me gusta mojarme.
El bosque no queda lejos, apenas a escasos minutos, es tranquilo y solitario y más en día de lluvia, allí al resguardo de los altos árboles encontraré la tranquilidad necesaria para pensar. Pensar, si eso es lo que necesito, pensar, aclarar ideas, poner en orden los sentimientos. No sé si lo conseguiré pero merece la pena intentarlo. El paseo me sentará bien.
Tal como suponía no hay nadie, ni un alma. El silencio es total, solo el rumor de las hojas al compás del viento y las gotas de lluvia al chocar contra ellas. Allí no llega el agua, la frondosidad de los arboles impide el paso de una lluvia incipiente y demasiado fina. Me siento bajo uno de los arboles más grueso, apoyo mi espalda en su robusto tronco, como si buscara que su fortaleza me protegiese del mundo exterior, de los fantasmas de un pasado demasiado reciente.
Cierro los ojos y dejo la mente en blanco, no quiero pensar, no quiero sentir, quiero olvidar y no poder recordar. Se acercan días difíciles, cuando las ausencias se hacen más presentes y dolorosas, cuando más quisieras tener el consejo de aquella persona que siempre te entendió, que te dio el ser y se llevó parte de ti con ella.
Un pequeño y despistado gorrión se posa a mis pies, está empapado, no puede casi mover sus pequeñas alas, intento no asustarle y cogerle, se deja, necesita calor, lo coloco en mi bolsillo con cuidado, allí estará caliente, se está quieto, sabe que nada malo le pasará. Sigo absorta en mis pensamientos olvidándome de la pequeña criatura que me acompaña y que nos e mueve, se debe haber dormido.
Es hora de regresar, con cuidado meto la mano en el bolsillo de la chaqueta, acaricio su plumaje, ya casi seco, noto su pico en mi mano, pero no hace intención alguna de atacarme, con cuidado lo saco, se acurruca en mi mano y pía, es solo una cría, no puedo dejarle allí moriría de frío, aún está más indefenso que yo, me lo llevo a casa, allí miraremos de entrar los dos en calor.
Han pasado algunos días desde entonces, el gorrión voló a la que dejo de llover, extendió sus pequeñas alitas y fue en busca de su libertad. Aprendí de él, voy a volar en busca de la mía y como único equipaje el recuerdo de quien siempre me quiso, de quien aún está a mi lado a pesar de su larga ausencia ( te quiero, papá) y en el olvido más absoluto los fantasmas de ese pasado que aun es presente y que se empeña en seguir mostrándose para poderme dañar.